Algo para masticar


Tiempo de lectura: 3 min

Lectura bíblica: Salmo 1:1-6
En la ley de Jehovah está su delicia, y en ella medita de día y de noche. Salmo 1:2
Le ponemos mantequilla al pan tostado. Nos quitamos el queso derretido de la pizza que se nos deslizó por la barbilla. Nos tomamos el vaso de leche de un solo sorbo. Pero contesta esto: ¿Alguna vez se nos ocurre pensar en la vaca valiente que tan bondadosamente proporcionó la materia prima para todos esos deliciosos productos lácteos? ¿Apreciamos todo el trabajo que tuvo que hacer?
Aunque no lo creas, la leche no aparece por arte de magia en el supermercado. Así que te voy a contar mucho más acerca de cómo la leche y otros productos lácteos van desde muuu hasta ti.
Los productos lácteos se inician como heno o pasto. Cuando la vaca come, mastica el alimento apenas lo suficiente para tragarlo, como hacemos nosotros cuando andamos apurados. Esa bola de pasto empapado va a los primeros dos de los cuatro estómagos de la vaca. El estómago más grande tiene una capacidad de unos 190 litros de alimento, como un estante enorme repleto de leche en el supermercado. Cuando la vaca está llena, descansa. Pero la fábrica de cuatro etapas dentro de ella sigue trabajando. El alimento no digerido de los estómagos, llamado bolo alimenticio, es eructado nuevamente a la boca para que la vaca lo vuelva a masticar bien.
Cuando la vaca vuelve a tragar, el bolo alimenticio pasa al tercer y al cuarto estómagos, donde parte es digerido para nutrirla. El resto se transforma en la base de la mantequilla, el queso, la leche, los helados y todos esos otros manjares.
La digestión de la vaca es tan importante que se pasa un tercio de toda su vida —unas ocho horas por día— masticando bolo alimenticio. Este proceso se llama rumiar. Es el modo asombroso como Dios diseñó a las vacas para que recibieran su nutrición y produjeran los productos lácteos que nos encantan.
Dios nos diseñó para “rumiar” también, en su Palabra. Cuando dedicamos tiempo a la Biblia, nos llenamos la mente de las verdades de Dios, meditándolas y “masticándolas”. Ese es el tipo de “rumiar” o “meditar” en la ley del Señor del cual escribió David (ver Salmo 1:2). Cuando piensas en la Biblia de esta manera, Dios hará que tu vida sea fructífera (ver el versículo 3).
Si queremos aprovechar al máximo la Biblia, no podemos leerla apresuradamente. Como la vaca, necesitamos tiempo para masticar cada palabra. Cuando lo hacemos, le podemos contar a Dios lo que estamos pensando. Rumiar la Palabra de Dios es una de las maneras magníficas de sentirnos cerca de Dios. Y a medida que la Palabra se asienta en nuestro corazón, creceremos y seremos fructíferos.
PARA DIALOGAR: Cuando lees la Biblia, ¿te apuras por terminar de una vez o la rumias? ¿Qué te gustaría hacer diferente?
PARA ORAR: Señor, ayúdanos a ir más despacio y realmente concentrarnos en lo que quieres enseñarnos acerca de ti por medio de tu Palabra.
PARA HACER: “Mastica” hoy la Palabra de Dios memorizando, toda la familia, un versículo bíblico.


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